¿Quién ayuda a quien ayuda? - Marta Pato Ayudador ¿Quién ayuda a quien ayuda?
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¿Quién ayuda a quien ayuda?

Ayudar al ayudador

El ayudador percibe que las batas blancas de los centros de salud huelen a chamusquina, las salas de maestros a cortisol y el hueco que hay detrás del lóbulo de la oreja y el cuello de coaches y terapeutas a vidas insatisfechas.

Daniel es ayudador y, como muchos de sus colegas , está en la UCI (Unidad de Cuidados Intensivos) sentimental de su vida.

¿Has visto alguna vez a un ayudador quemado?

Daniel no se siente feliz. Aprovechó las vacaciones para hacer un curso de coaching express en 3 meses con la esperanza de comprender lo que le pasa y así poder ayudar mejor a las personas que atiende profesionalmente.

Los sentimientos son como los virus, se contagian; Daniel no es feliz y tampoco lo son las personas a quienes ayuda.

La profesión de ayudador es sorprendente y curiosa, sucede que quien padece una dolencia va a consultar a un profesional que anda en el mismo camino del dolor, aunque para tranquilidad de los lectores de este post, el que ayuda tiene ventaja, va un paso por delante.

Me viene a la mente “no es posible recorrer Zamora en una ….” y no es porque tenga algo que ver con Zamora. La memoria es así de caprichosa, sin pensarlo, extrae una frase del refranero por si le sirve a Daniel, un curso de verano no resuelve lo que el tiempo arrastra.

¿Por qué no se propaga la sabiduría popular como los virus?

La consulta de un ayudador infeliz

Aunque Daniel no se siente feliz, conserva la capacidad de saber escuchar a las personas, mantiene la mirada atenta, mueve despacio la cabeza en vertical y emite algún que otro <<Ajá>> con voz interesada.

Su consulta es una consulta de verdad, como la de un profesional. Tiene butacas muy cómodas para sentar la cabeza, una librería con dos tipos de libros; los importantes que siguen allí y que no tiene tiempo de leer y los menos importantes que ya ha leído y regala porque son los que más ayudan. También tiene unas estatuillas orientales insignificantes pero fundamentales para contar relevantes metáforas a sus clientes.

A pesar de que Daniel no es feliz,  su consulta está llena y es que Daniel posee un don que es independiente de su estado de ánimo y no se enseña en las fábricas de cursos express: Las personas le interesan de verdad.

Los clientes de un ayudador en apuros

A las personas nos gusta sentirnos cómodos y atendidos y Daniel no para de recibir clientes, muchos de ellos vienen recomendados por familiares y amigos, otros, por publicaciones que hace en revistas del sector, y, otros, porque le escuchan en sus habituales conferencias.

Como parece que el tema de la felicidad es un padecimiento endémico generalizado le piden muchas sesiones, a veces trabaja fines de semana y festivos.

Imagina que pasas horas y horas, meses y meses, años y años, escuchando problemas de infelicidad. Puede que sólo de pensarlo te resultarte agotador, sin embargo, si fueras ayudador profesional como Daniel, sabrías que por muy cargantes o aburridos que sean los problemas, un profesional no se cansa y no es por costumbre sino por observar sin juicio y en presencia plena.

Daniel practica el arte de hacer preguntas y de responder una pregunta con otra. Por ejemplo, cuando le dicen: <<¿Crees que conseguiré sentirme feliz algún día?>> Él contesta: <<¿Y tú qué crees?>>. De este modo Daniel ayuda a las personas a reflexionar sobre sus problemas y hallar las respuestas para superarlos.

Daniel vive de su pasión, lo que más le gusta es ayudar a los demás, escuchar y hablar con las personas. Pero ¡Ojo!, no creas que es una conversación como la que tiene todo el mundo con cualquiera todos los días, requiere de una metodología especial que sólo conoce un ayudador.

“Ayudar es un arte y como todo arte, es necesario conocerlo, se puede aprender y practicar”. Bert Hellinger.

Muchos de los especialistas más significativos que inventaron la profesión de ayudador lo hicieron hace tanto tiempo que están muertos. Daniel aprendió de algunos maestros que no han pasado a mejor vida (llamada así por creer que allí se es feliz todo el tiempo) pero son muy mayores y, por más que mantienen jóvenes sus mentes los cuerpos no acompañan, necesitan dosificar las horas destinadas al trabajo.

Gracias al dominio de su oficio, Daniel ayuda a las personas a superar o hacer más llevadera la dolencia que cada uno lleva consigo. Aún así, Daniel no es feliz.

¿Quién ayuda al ayudador?

Hoy Daniel me ha llamado, me cuenta qué le pasa y pide cita para sesión. Está dispuesto a enrolarse en un proceso más largo que un verano, uno de cuatro estaciones de duración.

Cuelgo el teléfono y me pregunto: ¿Y yo? ¿Soy feliz? 😉

 

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Puedes leer un post sobre felicidad: Entrena una vida feliz